Suspendido por 3 semanas
Capítulo 5: Los amigos, el fútbol y una lección difícil
A pesar de todas las dificultades que enfrentaba, mi infancia también estuvo llena de momentos felices.
En la escuela, mis compañeros me veían de distintas maneras. Algunos me trataban como cualquier otro niño. Otros sentían curiosidad por mi condición y me hacían preguntas.
Sin embargo, la mayoría me integraba a las actividades del curso.
Participaba en los juegos durante los recreos, compartía con mis compañeros y disfrutaba cada momento como cualquier niño de mi edad.
Uno de mis mayores amores era el deporte.
Jugábamos fútbol, béisbol y muchos otros juegos. Los recreos eran momentos especiales porque podía olvidarme por un rato de las terapias, las dificultades y los problemas.
En el fútbol me gustaba jugar de arquero, pero también podía desempeñarme como delantero o habilitador. Me encantaba sentirme parte del equipo.
Desde pequeño tuve un sueño muy claro: tener mi propio equipo completo de fútbol y una buena pelota.
Durante muchos años ese sueño me acompañó.
Pasó el tiempo, crecí y seguí imaginando ese momento.
Y aunque demoró muchos años en llegar, finalmente lo logré.
Hoy puedo decir con orgullo que cumplí aquel sueño que nació cuando era un niño jugando en los recreos de la escuela.
Pero no todos los recuerdos de esa época son felices.
Hubo un episodio que me dejó una importante lección.
Un día estábamos jugando béisbol con mis compañeros. En medio del juego, uno de ellos lanzó o devolvió la pelota y esta me golpeó en la cara.
Me enojé mucho.
La rabia se apoderó de mí y reaccioné sin pensar.
Corrí detrás de mi compañero y terminé golpeándolo con el bate.
Las consecuencias fueron inmediatas.
Fui suspendido durante tres semanas.
Fue una experiencia difícil para mí.
Con el tiempo comprendí que la rabia puede llevarnos a cometer errores que después lamentamos.
Aquella situación me enseñó que controlar las emociones también forma parte del crecimiento.
No fue un momento del que me sintiera orgulloso, pero sí fue una experiencia que me ayudó a madurar.
Porque la vida no solo se construye con aciertos.
También se construye aprendiendo de nuestros errores.
Y aquel día aprendí una lección que nunca olvidaría.
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