Resiliencia física y mental
Capítulo 3: Los años más difíciles
Muchas de las cosas que sé sobre mis primeros años me las contó mi madre.
Cuando era pequeño me costaba mucho mantener el equilibrio. Gateaba, pero ponerme de pie era un desafío. Mi cuerpo no respondía de la misma forma que el de otros niños y cada avance requería tiempo, esfuerzo y paciencia.
Con el paso de los años, los especialistas comenzaron a entregarme herramientas para ayudarme en mi desarrollo. Realizaba ejercicios para fortalecer mis piernas y mis pies. Mi familia también hacía todo lo posible por apoyarme.
Recuerdo que uno de los regalos más importantes de mi infancia fue un triciclo. Tenía alrededor de tres años. No era solo un juguete. Era una herramienta que me ayudaba a moverme, fortalecer mi cuerpo y ganar confianza.
Pero los desafíos no terminaron ahí.
A los tres años sufrí uno de los episodios más difíciles de mi vida: un ataque de epilepsia.
Mi familia reaccionó de inmediato. Mi hermano mayor me tomó en sus brazos y, junto a mi madre, corrieron hacia el hospital buscando ayuda.
Fui hospitalizado y permanecí en observación. Sin embargo, semanas después ocurrió algo aún más grave.
Mis padres comenzaron a notar que no despertaba.
Había entrado en coma.
Durante aproximadamente tres semanas permanecí en ese estado. Mi familia vivió días de angustia, incertidumbre y miedo.
Finalmente, después de un largo tiempo de espera, abrí los ojos.
Mi padre estaba allí conmigo.
Aquel momento quedó grabado para siempre en la memoria de mi familia.
Después de múltiples evaluaciones y diagnósticos, los médicos se reunieron con mis padres para informarles algo devastador. Según los pronósticos de ese momento, me daban una expectativa de vida de apenas diez años.
Nadie podía saber con certeza qué ocurriría en el futuro.
Pero la vida tenía otros planes.
Hoy, a mis 32 años, sigo aquí.
He enfrentado dificultades, tratamientos, frustraciones y obstáculos que parecían imposibles. Sin embargo, seguí adelante.
Con el tiempo también llegaron los desafíos en el aprendizaje. Me costaba comprender algunas materias y retener información. Muchas cosas que otros aprendían rápidamente a mí me tomaban más tiempo.
Pero nunca dejé de intentarlo.
Gracias al apoyo de talleres pedagógicos, profesoras diferenciales y personas que creyeron en mí, fui aprendiendo poco a poco.
A veces necesitaba ayuda.
A veces tenía que repetir los ejercicios muchas veces.
Y otras veces lograba resolverlos por mi cuenta.
Cada pequeño avance era una victoria.
Sin darme cuenta, estaba desarrollando una cualidad que me acompañaría durante toda mi vida: la perseverancia.
Porque aunque el camino fuera más largo para mí, siempre seguí caminando.
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