El arquero, los Puma y la callosidad

Siempre soñé con ser futbolista profesional.
Cuando era niño me imaginaba entrando a un estadio lleno, vistiendo la camiseta de la selección chilena y levantando la Copa del Mundo. En mi cabeza era el próximo Claudio Bravo.
La realidad tuvo otros planes.
A los 32 años, en vez de esperar un llamado del Real Madrid, esperaba con ansiedad un paquete de Puma que venía por encomienda.
Lo peor es que estaba tan emocionado que revisaba el seguimiento más veces que los resultados del Mundial.
Antes mis preocupaciones eran hacer goles, dar asistencias y ser figura del partido.
Ahora mi principal preocupación era otra:
—Ojalá que no me salga una callosidad en el empeine izquierdo.
La vida tiene una forma curiosa de cambiar las prioridades.
Y aunque nunca llegué a jugar un Mundial, ese día entendí algo importante: la felicidad no siempre está en cumplir el sueño exacto que imaginaste de niño. A veces está en ponerse unos zapatos nuevos, agarrar una pelota y volver a sentirse futbolista por un momento.

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