resiliencia
Trabajo duro.
No porque quiera…
sino porque me toca.
No hay atajos, no hay suerte mágica, no hay alguien que me solucione la vida.
Es levantarme, cumplir, aguantar y seguir.
A veces con sueño, a veces con estrés,
pero igual voy.
Porque detrás de todo eso hay cuentas que pagar,
hay cosas que ordenar,
y una vida que sacar adelante.
No siempre alcanza.
Esa es la verdad.
Uno trabaja, se esfuerza…
y aun así llega justo, o corto.
Y ahí es donde empieza la pelea interna:
“¿Qué hice mal?”
“¿En qué se me fue la plata?”
Y sí, me he equivocado.
Más de una vez.
Gastos innecesarios, malas decisiones, desorden…
cosas que después pesan cuando el sueldo ya no da.
Pero el trabajo duro no es solo físico.
También es mental.
Es seguir aunque estés cansado,
es no rendirte cuando sientes que no avanzas,
es volver a intentar ordenar tu vida aunque ya lo hayas intentado antes.
Y en medio de todo eso… están mis gatos.
Ellos no saben cuánto trabajo,
no saben cuánto gano,
pero están ahí igual.
Y a veces eso basta para no explotar,
para bajar un poco la presión
y recordar que no todo es plata.
Mi vida no es perfecta.
Es esfuerzo constante.
Es trabajar, equivocarme, aprender y volver a empezar.
Una y otra vez.
Porque aunque cueste,
aunque sea lento…
sé que estoy avanzando.
Y eso, al final, ya es algo.
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