atravesia

En la oscuridad profunda, donde el fondo negro parece tragarse cualquier forma, aparece una silueta que rompe lo cotidiano: el contorno de un cuerpo femenino convertido en camino, en paisaje, en territorio vivo.

No es solo una figura… es una ruta.

Sobre sus hombros descansa una bicicleta, ligera, casi flotando, como si no pesara. Sus ruedas coinciden con la parte más alta del cuerpo, como si fueran pensamientos en movimiento, como si la mente y el cuerpo se hubieran puesto de acuerdo para avanzar.

El torso se transforma en sendero. Las curvas no son solo anatomía: son caminos sinuosos, rutas que invitan a pedalear sin prisa, a recorrer cada tramo con respeto, con intención. El ombligo, pequeño punto en medio del trayecto, parece un descanso, un respiro en la travesía. Más abajo, el camino se abre, se divide, como toda decisión importante en la vida.

Esta imagen no habla solo de ciclismo.

Habla de equilibrio.
De conexión entre cuerpo y movimiento.
De cómo cada recorrido, por fuera, también es un viaje interno.

La bicicleta no está sobre el cuerpo… está integrada a él. Como si pedalear fuera una extensión natural del ser, como si avanzar no fuera una opción, sino una esencia.

Y en ese contraste de blanco sobre negro, tan simple y tan profundo, se revela un mensaje silencioso:

Que el camino no siempre está afuera.
A veces, el camino… somos nosotros. 🚴‍♂️

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